Dicen los relatos populares que bárcena significa algo así como tierra fértil frente al río. Y en (la) Bárcena Mayor, esa que riega el río Argonza y que rodean campos para la agricultura, pastos y ganado y una flora excelente para la apicultura, parece que tiene sentido. O, al menos, lo tuvo. Situado en pleno Parque Natural Saja-Besaya, este pueblo medieval del Valle de Cabuérniga vivió de forma autónoma gracias a su agricultura, su ganadería y su hermosa artesanía a través del aprovechamiento de los castaños, hayas y avellanos de los montes que casi lo amurallan. Ahora es el turismo su sostén económico. «Ahí había un señor que vendía albarcas», recordaba una participante de uno de los Centros Comunitarios dinamizados por Fundación PEM en su visita colectiva a la localidad. Donde ese señor vendía sus albarcas de fresno y haya, ahora hay una casa vacía en acompañada de varios restaurantes y apartamentos turísticos.

Pero en el pueblo todavía perduran recuerdos de vida: «Había mucha juventud y el panadero era guapísimo. Recuerdo que todas las mozas se sentaban ahí a esperarle», relataba entre risas Mara, que nació unas casas más allá de donde contaba la anécdota para las 60 personas mayores de varias zonas de Cantabria que protagonizaron una jornada de encuentro de Fundación PEM. Mara tiene las llaves de la Iglesia y devoción por la Virgen del Carmen, que se celebra en la localidad por influencia de las personas migrantes del sur. En la calle aledaña, dos vecinas de Bárcena Mayor «de toda la vida» charlan en la sombra sentadas en dos sillas de playa con solera: «Hemos plantado diez brócolis, cuatro coliflores y los pimientos», le enumeraba, como quien recita un poema, una a otra.

Recuerdo a las mujeres de Bárcena / con un balde de zinc a la cabeza / sostenido por un objeto mágico, / redondo, que llamaban «rueño». / El equilibrio era su fuerte. / Salían muy temprano de sus casas / para alcanzar el punto más preciado / del lavadero. Era un río ilusorio /en que lavaban los pecados nocturnos, / las intimidades matrimoniales / y todas las demás inconfesables /suciedades de de la familia. […] / Ellas van conmigo / en la memoria del corazón. / Porque también escribir / es como ir lavando los inconfesables / pecados de todos los sueños / que nos asaltan en las últimas / y definitivas horas de la noche. / Al despertar es necesario / limpiar las manchas de la piel / de la página. / Y así nos pasamos la vida / frontando / frontando / el lienzo de la palabra / hasta borrar la mancha del silencio.

Salvador Tenreiro Díaz escribió este poema que hoy permanece en conserva en el rehabilitado lavadero del pueblo.

Fundación PEM reunió a personas mayores que participan y cogestionan tres de los cinco Centros Comunitarios Multiservicios que impulsa la entidad en un encuentro colectivo en el Valle de Cabuérniga. Con el objetivo de compartir las diferentes experiencias de organización colectiva y de celebrar el buen funcionamiento de los proyectos, las vecinas y vecinos del municipio de Los Tojos, organizadas en torno al Centro Comunitario de Los Tojos, han sido anfitrionas este viernes 29 de mayo en una jornada en la que 60 participantes se han reunido para compartir un espacio de intercambio de vivencias y saberes de las diferentes zonas de Cantabria.

La jornada preveía las visitas al centro de interpretación y a Bárcena Mayor y también una comida compartida en Correpoco y una actividad posterior en el Centro Comunitario de Los Tojos donde se cerró el evento con una dinámica de intercambio cultural: se recitaron refranes comunes y dispares en voz alta, algunas personas se animaron a contar anécdotas, las dinamizadoras de los otros tres centros presentes ofrecieron unos detalles elaborados artesanalmente por las participantes e incluso hubo quien entonó tímidamente alguna canción. «Los refranes son cápsulas de identidad», reflexionó Irene Raya, dinamizadora del Centro Comunitario La Amistad, en el Valle de Villaverde. Y una suerte de canon entre ella y las participantes retumbó en el espacio: ella decía «en casa del herrero…» y el resto coreaba «cuchara de palo»; ella decía «no hay mal…» y las demás completaban «que por bien no venga». «¡Café con borona gusta que escojona!», lanzó una vecina de Saja. Y las risas dieron paso a los acertijos de Angelines, que vino desde Requejo, y a las anécdotas de uno de los hombres que participó en la actividad.

Milagros Castañeda, vecina de Los Tojos y participante del Centro Comunitario del municipio, ha recordado frente al grupo los comienzos del Centro Comunitario: “No teníamos local y no se nos pasaba por la cabeza que pudiéramos tener uno. Sin embargo, la alcaldesa confío en las mujeres e inauguró este lugar”. Ramón Gelabert, responsable de proyectos de Fundación PEM, ha querido apuntar la importancia de generar espacios propios y autónomos donde las personas mayores sean las protagonistas. “En estos pueblos, tener un sitio donde reunirse y compartir es de las cosas más importantes. Que la gente se comunique… Ahora llega el verano, la que no va a la huerta tiene alguna otra actividad. Pero, en invierno, ¿qué haces? Pintas, bailas, otras veces no tienes ganas de hacer nada pero vienes, te tomas el café, charlas, te ríes…”, añadía Castañeda.

En 2026, los cinco centros dinamizados por Fundación PEM benefician directamente a, al menos, 275 personas mayores de los municipios de Campoo de Yuso (La Población, con 111 habitantes), Valle de Villaverde (249 habitantes), Los Tojos (370 habitantes), Ramales de la Victoria (Gibaja, con 483 habitantes) y Rasines (Ojébar, con 75 habitantes). La edad media de las personas usuarias roza los 73 años y esa cantidad de participantes en las actividades (275) suponen el 42,56% de toda la población mayor de esos territorios. El impacto es enorme.