Está pasando
José Manuel Gómez Bedoya 1938
Antes de que Juan Manuel Gómez Bedoya naciera, Casa Cayo ya estaba allí. Su padre, Cayo, había emigrado a Cuba y trabajado en un almacén de azúcar; al regresar se casó con Mercedes y ambos bajaron a Potes, compraron una casona y abrieron en 1934 esta pequeña fonda con bar y restaurante. Juan nació en aquella casona de la calle Cantabria el 26 de agosto de 1938 y terminó heredando incluso su nombre: en la villa todos lo conocen como Manel Cayo. «Un mostrador, cuatro vasos de vino…», dice al recordar los comienzos. Tras aquel mostrador se cruzaban la vida familiar, el trabajo y una Liébana que entraba cada día por la puerta
Francisco de José Ursueguía 1944
Antes de aprender braille, Francisco ya había empezado a leer el mundo con las manos. Recuerda el trigo frío en verano, el roce de las espigas y las letras en relieve de algunas botellas de cristal, que recorría con los dedos para reconocerlas. Son, dice, «sensaciones que me han quedado». Francisco de José Ursueguía Rodríguez —Paco de Pepe— nació el 8 de enero de 1944 en La Cantera, en Merodio, Peñamellera Baja, Asturias. Creció en una casa sin agua corriente ni luz, entre huerta, frutales, gallinas y ocho vacas cuya leche se llevaba para Nestlé a La Penilla, Cantabria. Durante sus primeros años vio lo suficiente para conservar colores y formas; después, la vista fue desapareciendo poco a poco. «Cuando no hay nada, poco es algo», dice al volver a una infancia en la que llevar agua o leche significaba trabajo, pero también salir de la finca y sentirse útil.
Eloy Velázquez Gómez 1949
La historia de Eloy Velázquez (Belmonte, 1949) empieza en las manos. En una navaja sobre una vara de avellano, en la masilla sobrante de un cristal roto. En la necesidad de dar forma a algo cuando alrededor predominaban el blanco y negro, las estampitas de santos y una educación hecha de obediencia. Nació en Asturias y creció en Santander, en una familia vinculada al mundo de las antigüedades. En aquella España de posguerra, el arte abrió una grieta.
… y la del resto de la península contada por las personas mayores afrodescendientes que en ella habitan»
Inongo Vi Makome 1948
Contabilizando las lunas que han pasado desde que nació, diría que tiene 77 años. Pasó su infancia en un pueblo que estaba al lado del mar en Camerún y la playa era el escenario de sus juegos. Poco después lo fue el territorio bulu, una de las etnias de África Central cuya solidaridad le dejó huella. Entonces, los niños le llamaban viejo porque le gustaba estar solo, se quedaba pensativo y hablaba poco. A temprana edad se mudó junto a su madre a la, por aquel entonces, Guinea española debido a que ella se había casado con un hombre de Sao Tomé que alquiló una plantación de cacao en Camerún y que años más tarde se mudó a la antigua colonia española. Eso marcó mucho su vida ya que cuando Macías, el primer dictador de la Guinea independiente, llegó al poder el embajador de Camerún sugirió que se escapara a España, la ruta más fácil. En cuatro días consiguió el visado. Lo siguiente fue subirse a un barco rumbo a Europa.
María Concepción Aragón Preciado 1951
A María Concepción Aragón Preciado (Esmeraldas, Ecuador-1951) —Maruca— le duele Ecuador porque lo ama con el alma. De ahí que se emocione cuando habla de su tierra, que tuvo que abandonar por la violencia que se vive actualmente y que dista mucho del que recuerda en su infancia en Esmeraldas, la provincia que concentra a más personas negras en todo el país. Cuenta que ella era terrible, inquieta, un terremoto al que le gustaba subirse a árboles para agarrar fruta sabrosa y explorar su entorno. Y así fue hasta que conoció al que hoy es su marido, un joven que jugaba al fútbol junto a sus amigos cerca de su casa y con quien pasó de breves conversaciones al noviazgo. Fueron padres pronto y muy seguido, cosa que impidió que ella pudiera estudiar en la universidad. Sin embargo, se formó en mil disciplinas y se desempeñó en muchos empleos.
Nyaranding Sheriff Dibba 1949
Es de Gambia y orgullosamente africana y mandinga. Tras una infancia feliz rodeada de amigas que, todavía hoy, son como hermanas para ella y después de crecer en un entorno familiar amable en el que recibió afecto a raudales y también una educación que, en esa época, no era tan habitual entre las niñas, Nyara migró a la provincia de Alicante. Después de años de trabajo duro, reflexiona acerca de la realidad actual, condena los discursos xenófobos y pone en valor el rol de las personas migrantes especialmente, el de las mujeres, tanto aquí como en origen, dado que, a pesar de que no se visibilice, contribuyen a sostener, desde Europa, a quienes se quedaron.
















